XV. El Diablo

Actualizado: hace 6 días


El Diablo… esa truculenta imagen distorsionada del ángel consentido y caído, más bien, tirado por dios. El soberbio, el envidioso, el superficial, el narciso, el Dionisio y el Baco, el de los placeres y las tentaciones, que casi siempre dejamos pasar hasta la cocina, y con invitación que pide ir de etiqueta.

Nuestros súcubos e íncubos más controladores, nuestros arranques pasionales en los que damos el cuerpo con mordiscos y arrancones de ropa. La embriaguez con buenos vinos y aguardientes, nuestras palabras sucias, nuestras bragas, carteras y miradas revolcadas en el lodo, pero vestidas de largo, en tonos rojos de sangre gimiendo, de ambición terca, de poder insaciable, de vanidad que explota, de amor hirviendo.



No me digan, ¿son el diablo?...

yo también.

Como dijera el Ferdinand de Shakespeare en The Tempest:


“Hell is empty, and all the devils are here!”

Pero no todo es tan evidente y superficial, ese personaje también se vuelve el espejo de humo de Tezcatlipoca, el que nos muestra nuestro rostro oculto, nuestros momentos más vulnerables, lo que ya traemos dentro y no queremos ni ver, ni que lo vean. Ese lado oscuro que nos desvela, que nos lleva a las relaciones tóxicas (con otros y con uno), que nos transporta al miedo, a nuestras sombras. La parte escondida que abrimos a unos cuantos, cuando explotamos en la crisis que nos arrebata el centro a chingadazo limpio y por knock out.

Llevamos al diablo,

... él nos lleva también.

Siempre que lo explico, pienso en el Lobo del Wallstreet, tanto como en el Fausto de la pluma de Goethe.

Sean el diablo, dómenlo después, que no los ate mucho tiempo porque, recuerden, aunque el Señor le tiene permitido lo que sea, las cadenas están flojas, podríamos quedarnos, permanecer bajo el influjo de las sombras pero, si lo decidimos, nos podemos ir también.



Canción uno del Soundtrack de Tarot.

Carta XV. El Diablo:

"Me and the Devil", Gil Scott-Heron







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